La Mansión de Verusha: El eco de los pasillos Pt. 2:
Diego avanzo con pasos cautelosos por el interior de la mansión. Cada tablón del suelo crujía bajo su peso como si despertara de un sueño centenario. El aire olía a polvo antiguo, a libros olvidados y a la dulzura leve del chocolate, como si algún espíritu lo hubiese dejado a medio comer hacia siglos.
Los candelabros colgaban del techo, cubierto de telarañas que parecían encajes. En las paredes, retratos de rostros sombríos lo seguían con miradas inmóviles, algunos severos, otros llorosos, y uno que otro con una pizca de melancólica sonrisa. Cortinas pesadas, rojas y negras, colgaban en ventanas tan altas como torres. Y sobre las mesas, dispersos, descansaban objetos extraños: relojes que ya no marcaban el tiempo, muñecas sin ojos, espejos que reflejaban mas sombras que luz.
Diego sintió un roce en su pierna, Al mirar hacia abajo, un oso de peluche de color esmeralda, con un lazo en el cuello, lo observaba con botones brillantes. El oso asintió con solemnidad y comenzó a caminar, como guiándolo.
-¿Estoy… soñando?- susurro Diego.
El oso no respondió, pero pronto otros se unieron: uno diminuto y rosado, que reía con voz infantil; otro inmenso y pardo, que caminaba con la dignidad de un caballero; y entre ellos, un pato de peluche de plumaje dorado que grazno:
-¡Síguenos, forastero!-
Diego, incrédulo, lo obedeció. Atravesó pasillos, escaleras y salones mientras los osos lo rodeaban. Algunos jugaban entre si, otros se mostraban serios y atentos, y uno en particular, pequeño y desgastado, lo tomo de la mano con ternura.
Finalmente, lo llevaron hasta un gran salón adornado con vitrales rotos, donde la luz de la luna se filtraba como cuchillos de plata. Allí, sobre un sillón de terciopelo oscuro, la vio.
Verusha.
Su piel era blanca como la cera bajo la llama, su cabellera negra caía como un rio de medianoche, y sus ojos, profundos y oscuros, contenían en su hondura tanto la pena de siglos como una inesperada dulzura. Vestía ropas de aire victoriano, góticas, con encajes y bordados que parecían sostener la sombra misma. Tenia el porte de una reina, pero la sonrisa débil y contenida de quien ha llorado demasiado.
-Eres… humano- dijo ella con voz suave, como un eco.
-Si- respondió Diego, temblando. -Me llamo Diego.-
Un silencio pesado se tendió entre ambos, roto apenas por el murmullo de los osos y el crujir del viento afuera.
-Estudie lenguas- continuo él, como si necesitara justificar su presencia. -Pero en mi casa… me despreciaron. Me echaron. Soy… homosexual.
Los ojos de Verusha parpadearon, no con juicio, sino con comprensión.
-El dolor no te quebró- susurro ella-, -solo te hizo distinto. Eso te une a mi.-
Diego bajo la vista. Ella no le pregunto mas. Y en ese pacto de respeto silencioso, nació algo frágil, como un brote en invierno.
Con el correr de los días, comenzaron a ordenar la mansión, Diego levantaba sillas, sacudía cortinas, y los osos, con poderes singulares, ayudaban: uno soplaba polvo fuera de las habitaciones, otro encendía llamas azules en los candelabros, y otro movía objetos pesados con un simple gesto. En el jardín, el árbol llorón los observaba, su rostro surcado en la corteza suspiraba y bendecía cada esfuerzo con su magia.
Diego reía por primera vez en mucho tiempo, descubriendo las personalidades juguetonas de cada peluche: Cuacky, siempre mandón y gracioso; Uchito, sabio y protector; y una pequeña tortuga que hablaba tan despacio que a veces Diego olvidaba su pregunta antes de escuchar la respuesta.
Verusha, en cambio, miraba con discreción, y en su pecho algo cálido despertaba. Una amistad honesta, luminosa, brotaba entre ellos, tan improbable como necesaria.
Pero esa noche, cuando la luna se oculto, sombras espantosas comenzaron a deslizarse entre los arboles del bosque. No eran animales, ni hombres, ni humo: eran figuras torcidas, sin rostro, que respiraban como bestias. Rodeaban el jardín, espiaban con odio antiguo.
El árbol llorón gimió, y sus ramas crujieron con miedo.
Los osos se agruparon, nerviosos.
Y Verusha, con los ojos brillando en la penumbra, murmuro.
-Ellos han despertado también-