I miss you so bad…
I
El aire se volvió una cuchilla de hielo que corta la garganta al respirar. Ya no hay matices, solo el frío que endurece la piel. En esta obra que dejamos a medias, me cansé de ser un fantasma con ropa y decidí hundir los dedos en mi propio pecho para sacar el corazón, caliente y palpitante, a la intemperie.
Darte la oportunidad de quitarte la careta fue arrancarte la costra de una herida que nunca cerró. Te amé en el barro, en el olor a metal de las mañanas difíciles, cuando el mundo se sentía como una habitación sin puertas. Nos encerramos en el refugio de los cuerpos, donde lo único que importaba era la fricción, el roce bruto que nos recordaba que, a pesar de todo, la sangre seguía corriendo bajo la piel.
II
Quinientos noventa despertares con tu olor pegado a mis sábanas como una segunda piel de la que no puedo deshacerme. Mi nariz busca en la almohada el rastro de tu sudor, esa mezcla de sal y vida que era mi único oxígeno. Tus rizos no eran seda, eran hilos de alambre dulce que se enredaban en mis dedos, un nudo ciego que apretaba hasta cortar la circulación.
Ese baile no fue un vals, fue un forcejeo contra el destino, una lucha de piel contra piel que me condenó a lo peor: a saber cómo se siente el paraíso antes de que te echen a patadas. El tiempo no pasó, pesó. Quinientos noventa bloques de cemento sobre mi espalda mientras el mundo desaparecía, engullido por el sonido de tu respiración, ese ritmo que era mi único mapa en la oscuridad.
III
¿Sigue el gato ahí, rascando el vidrio, sentado en la cornisa? No consigo acostumbrarme a las sábanas, esta tela nueva me lija la piel porque no tiene tu aroma. Me duele echarte de menos en los huesos, en las articulaciones, en el hueco exacto donde encajaba tu pedazo de cabezón. Tu cara es una quemadura que veo al cerrar los párpados, una marca de hierro al rojo vivo que habita perennemente cualquier escena.
Me cubro con mantas que pesan como lápidas, pero el frío viene de adentro, de un centro que ya no quiere seguir latiendo. No hay lana que supla la presión de mi pecho desnudo contra el tuyo, ese calor húmedo y sólido que silenciaba el universo. Todo lo que soy lo está masticando un agujero negro, una boca hambrienta que no se sacia con mis gritos. Si la cordura es este invierno eterno, prefiero que explotemos. Seamos supernova: un estallido de calor tan violento que nos desintegre los nervios, que nos convierta en ceniza unida, antes de que este silencio me termine de devorar.



























