Todos los días regresa a mi mente ese momento. Ese instante que cambió todo: el día en que te volví a ver después de tres años y cuatro meses. Tres años y cuatro meses que se sintieron como una condena, como una vida entera sin aire, sin rumbo… sin ti.
Aquel día fue como un milagro. Recuerdo que me escribiste diciendo que tenías muchas ganas de volver a verme, y sin pensarlo, acepté. ¿Cómo negarme, si mi alma había estado esperándote tanto tiempo?
Estaba nerviosa, con el corazón desbordado y temblando por dentro. Quería que fuera perfecto; quería que me vieras y sintieras lo que yo: esa mezcla de amor, miedo y esperanza. Me arreglé para ti. Me vestí con ilusión, con cariño, con la emoción de quien se prepara para reencontrar su mundo.
Y ahí estabas, en el lugar donde quedamos. Con tu calzoneta, tu playera negra, tu gorra… Tan tú. Tan simple. Te vi, y en ese segundo mi corazón casi se me sale del pecho. No podía creerlo: estabas frente a mí, real, de carne y hueso, no en mis recuerdos, sino aquí, regresando a mí.
Me dijiste que me veía guapa, que me notabas distinta. Pero yo… yo te vi igual de hermoso, igual de perfecto que el último día que te fuiste. Como si el tiempo no te hubiera tocado, como si siguieras siendo el mismo que mi alma había amado en silencio durante todo ese tiempo.
Ese día fuimos nosotros. Tan nosotros. Hablamos de todo, nos reímos, nos confesamos lo que dolía. Nos abrazamos. Nos besamos. Y por un momento, sentí que el tiempo retrocedía, que todo lo malo había quedado atrás, que la vida nos estaba dando una nueva oportunidad.
Fue una noche mágica. Demasiado perfecta. Tan perfecta, que no podía ser real.
Y ahora, recordarla me destruye. Porque todo aquello que sentí, todo aquello en lo que creí, solo fue una mentira. Un espejismo. Un sueño del que no quería despertar, pero del que la vida me obligó a abrir los ojos.
Y desde entonces… estoy aquí, recogiendo los pedazos de algo que solo existió en mi corazón.











