Ver a Ale es recordarme quién soy. Ella siempre fue crítica conmigo, sincera sin excepción, y a pesar de todo eso jamás fue cruel. No he conocido hasta ahora otra persona que tenga la habilidad de hablarme bien o mal de mí con la misma distancia sanitaria: la que no lastima señalando lo malo ni te infla ningún ego señalando lo bueno. Porque cuando Ale me muestra uno de mis errores me mira con cara de “yo sé todo lo que sos, no solo esto”. Por el contrario cuando me muestra uno de mis aciertos me mira con cara de “yo sé todo lo que sos, no solo esto”.
Mi parte favorita de ella es que no me habla de nada malo o bueno en mí si yo no se lo pregunto, a no ser que esté yendo directo al abismo. A uno que yo no vea digamos.
Me conozco, pero estoy todo entreverado y adormecido por verme todo los días, pensarme todos los días, convivirme todos los días. Ale también me conoce, pero sin esa desventaja.
Ver a Ale es recordarme quién soy, incluso ahora en que ella está pasando por un momento en el que no sabe quién es, un lugar pantanoso donde está buscando qué quedó de lo que alguna vez fue y qué hay de nuevo o qué puede construirse desde cero. Incluso así me abraza fuerte, me invita la cena, me ofrece pagar el boleto, me saca a pasear mientras me repite “tenés que salir más” y yo se que también se lo está diciendo a ella, y se despide de mí como tres veces y lo último que me dice ya cerrando la puerta es “tenemos que vernos más seguido”. Y yo pienso que lo único que pude hacer por ella hoy fue abrirle la coca que tenía la tapa re dura.
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