Periplo real sobre la escritura
No sé, tengo a la vista un panorama que no termina de serme claro. Tal vez me refiera a la consciencia del escritor cuando escribe, a una especie de impulso empujado… Mmm, no. Debo detenerme para tratar de ser más claro con lo que quiero decir.
Creo que tendré que hacer un recorrido minucioso de lo que me llevó a esta reflexión para irme haciendo más claras las cosas. Tenía en mis manos el famoso libro que Alfonso Reyes y amigos hicieron en 1963 bajo la colección de “Los clásicos”, particularmente el libro Antología de poetas líricos castellanos (una selección de Ricardo Baeza con un estudio preliminar de Roberto F. Grosti). La publicación en mis manos ya es de 1973 editada por W. M. Jackson, Inc. Pues bien, a la hora de hacer las delimitaciones de la selección (señalan los editores) se omiten deliberadamente las obras sobre héroes, con lo cual hubiese quedado eliminado el Cantar del Mío Cid, si es que siguieran con dicha limitación. Sin embargo, sí lo incluyen puesto que es la primera obra monumental de nuestro idioma. Y aquí, ahora sí, iniciaban mis inquietudes. El autor, ahora anónimo, ¿tendría consciencia de lo que estaba haciendo? Claro que no me refiero a que si sabía la importancia y trascendencia de lo que estaba escribiendo, sino a que ¿sabría que estaba redactando algo diferente escrito hasta entonces? En todo caso (suposición mía, número 1) supongo que sí sabía que debía hacerlo con toda la calidad y detalle que le era posible, todo el empeño que estaba en sus manos. Obviamente, todo lo que vendría después sería algo que no podría controlar, ni siquiera tener idea.
¿Sería similar esta consciencia de la que aplicó Cortázar al escribir Rayuela? Difícil respuesta que ni siquiera me atreveré a esbozar. Lo único que veo es la diferencia de obras anteriores acumuladas. El Mío Cid, la primera; Rayuela, por su parte, tiene cientos de antecedentes históricos en nuestro idioma y en otros más (y ni qué hablar de otras disciplinas como la música, la pintura, que se ven partícipes en esta novela).
Lo que me hace reflexionar (voy dándome cuenta) es la respuesta que podrían dar estos autores a esta pregunta: ¿soy escritor? Julio diría que sí. Del autor del Cid, no estoy tan seguro. Supongamos, para ir orientando lo que quiero decir, que la respuesta fuera: “no, no soy escritor, pero me gusta escribir”.
Aquí veo la necesidad de introducir a otro autor, uno hipotético, que escribe con “pretensiones” de revolucionar el idioma entero (hipotético, pero creo que todos conocemos a alguien así). De modo que se cree en la vanguardia y, para demostrarlo, no le importan o la ortografía (“lo que importa es el mensaje”) o la estructura (que para eso es vanguardista, sí señor). Lo cierto es que, por no importante tantas cosas, terminamos de no entenderle. Y así queda demostrado, según él, su éxito, ya que no logramos entenderlo (vaya con esa garantía a la que muchos apuestan). ¿Cuántos genios no fueron comprendidos en su momento? Y ahora le toca a él, también incomprendido. Felicidad infinita (y hueca).
Ya tengo figurado, mejor, lo que quiero decir. Por un lado están: a) el escritor que no logra tener una clara idea de serlo; b) el escritor que se sabe escritor y escribe en los límites (del lenguaje, del estilo, de alguna escuela), con lo cual denota su auténtica originalidad. Por otro lado, tenemos el escritor (cete) que se lo cree, trabaja (y hasta publica) omitiendo cientos de reglas que él cree inútiles en pos de tener la obra terminada lo más pronto posible, y termina por lograr bodrios que nadie lee.
Entonces me parece que la cuestión está entre consciencia, aceptación y obra comprensible.
Consciencia. Aquí hay o debe haber un “darse cuenta” que importa para continuar con la consolidación de una obra sólida. Saberse escritor o no ya no es lo importante. La cuestión radica entre saber que estoy escribiendo y escribir lo que debe ser escrito (y no lo que yo quiero escribir, no es lo mismo).
Ahora ya lo sé (después de este periplo), quiero enfocarme en aquellos escritores que tal vez no se sientan tanto así, escritores. Quiero que sea el caso de Franz Kafka, pidiéndole a su amigo que queme sus papeles; quiero que sea el caso de Fernando Pessoa, quien publicaría muy poco en su vida y que escribiría mucho más de lo publicado por él mismo. Así que tenemos al escritor consciente de su acto y al escritor inconsciente de su acto, pero que sabe que tiene algo que contar (eliminamos de una vez por todas a ese tercer escritor que es un escritor-no porque no es que recurra a la escritura para decir algo, sino que simplemente escribe porque aspira a ser escritor aunque en el fondo no tenga nada qué aportar a la tradición de la escritura).
Entonces tenemos al escritor-escritor que sabe que su trabajo es lograr un monumento del y para el lenguaje que está usando (Cortázar, Arreola, Borges); y luego está el escritor-contante, el que recurre al lenguaje para contarnos algo (Pessoa, Kafka, Rulfo), quien irremediablemente tiene que recurrir al lenguaje para lograr su objetivo de imaginación. Sí, este es el punto al que quería llegar. El éxito de uno y otro radica en lograr las metas de cada grupo.
El resultado final de todo este periplo que hemos recorrido es el punto de encuentro entre ambos escritores (y con el cual, ciertamente, el tercero queda para siempre excluido) radica en la calidad de la escritura que logran al final de cuentas. ¿Qué es esto de la “calidad”? Es lograr una correspondencia de lo más apegada entre lo que se piensa y lo que se escribe y aquí, como ya dijimos, no importa el grupo del que estemos hablando.