Christian Bouchet, activista y publicista – entrevista de Jeune Nation

Por Jacques Pierrot
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Agradecemos a Christian Bouchet por esta entrevista tan extensa, precisa y detallada que nos ha concedido. Nuestros lectores podrán encontrar numerosas ilustraciones de sus comentarios, así como muchos autores y obras citados durante la entrevista, en la página web de su editorial ARS MAGNA y en su página web de reflexión VOXNR.
Jeune Nation: Buenos días, señor Christian Bouchet. En primer lugar, gracias por concedernos esta entrevista. Para empezar, ¿cuál ha sido su trayectoria personal, profesional, política y filosófica?
Christian Bouchet: Provengo de una familia angevina de la pequeña burguesía. Una familia en la que algunas ramas se dedicaron a la política desde 1793. En el siglo XX, uno de mis tíos fue Camelot du roi, uno de mis primos formó parte de la OAS y varios amigos cercanos a mi familia fueron encarcelados por hechos relacionados con la Argelia francesa. Mi compromiso militante, a finales de 1969, cuando tenía casi 15 años, era por tanto lógico. Se produjo en la Restauration nationale, ya que era el único grupo representado en Angers, donde vivía entonces. Al año siguiente, mis padres se mudaron a Nantes, donde la oferta era más amplia… Aunque mantenía contactos con el Movimiento Joven Revolucionario, pronto participé en la creación de la Nueva Acción Francesa y luego me uní a la Organización Lucha del Pueblo, una pequeña escisión de NR de Orden Nuevo. Después de eso, seguí un camino bastante común: Grupos Nacionalistas Revolucionarios de Base con François Duprat, Movimiento Nacionalista Revolucionario y Tercera Vía con Jean-Gilles Malliarakis, Nouvelle Résistance, Unité radicale y algunos otros grupúsculos: por ejemplo, colaboro con la prensa de Troisième voie en su versión de Serge Ayoub, participo en las actividades de Égalité et réconciliation desde su creación y soy miembro del Bastion social. En Troisième voie, Nouvelle Résistance y Unité radicale ocupo el cargo de secretario general en los equipos directivos.
Paralelamente, dirijo algunas publicaciones periódicas y colaboro en muchas otras (actualmente, escribo en Réfléchir et agir), también dirijo varios sitios web, entre los que destaca, aunque no es el único, voxnr.fr.
También me dedico a la escritura —he escrito una treintena de libros sobre temas históricos y realizado varias traducciones— y a la edición bajo el sello Ars y, posteriormente, Ars magna, donde actualmente cuento con un catálogo de más de 250 títulos.
Todo ello lo he hecho, desde mediados de 1970, es decir, ¡desde hace ya cincuenta años!, desde una perspectiva ideológica estrictamente nacionalista revolucionaria, inspirada por militantes y pensadores como François Duprat, Jean Thiriart, Julius Evola, Alexandre Douguine, Alain de Benoist y el «joven» Guillaume Faye. También me han marcado e influido hechos históricos, entre los que puedo citar, sin pretender ser exhaustivo, la República de Saló, el peronismo, los NR alemanes de la República de Weimar y los NR italianos de los años de plomo.
En cuanto a mi vida privada, cursé varios estudios universitarios: Derecho hasta el DEA, Historia hasta la maestría, Ciencias Económicas hasta el Capes y Etnología hasta el doctorado. Profesionalmente, fui durante algunos años jefe de servicio en una gran colectividad territorial, luego agente inmobiliario durante once años y, finalmente, profesor de Ciencias Económicas y Técnicas Comerciales en un instituto agrícola.
A esto puedo añadir que estoy casado y que soy padre de dos hijos, con lo que ya sabéis casi todo sobre mí.
JN: ¿No se ha asociado su nombre también con el Frente Nacional?
CB: Efectivamente, así ha sido, y eso no contradice lo que acabo de decirle.
Muy pronto me plantearé la cuestión de la finalidad de mi compromiso. ¿Se trata únicamente de dar testimonio o tiene como objetivo obtener resultados concretos?
No hay que avergonzarse de querer dar testimonio, de adoptar un radicalismo estático, pero ¿es eso realmente «hacer» política? En resumen, digamos que muy pronto me cansé de ir en junio a Dixmude, en julio a la isla de Yeu y en noviembre a Madrid; de asistir a reuniones en las que solo había unas decenas de personas y en las que los oradores no se interesaban por la política real y actual, sino por el papel exacto de los judíos y los masones, etc.; de leer periódicos que se asemejan a boletines parroquiales y cuyos redactores miran el futuro por el retrovisor, etc.
Venner, Duprat y Thiriart me convencieron de que mi radicalismo debía ser dinámico, es decir, vinculado a la realidad y a la actualidad, sin dejar de ser fiel al pasado.
En concreto, ¿qué había que hacer? Venner y Thiriart abogaban por la creación y el desarrollo de partidos de tipo leninista. Yo lo creí, pero me llevó un tiempo darme cuenta de que el momento de esas estructuras partidistas había pasado. Duprat, por su parte, pensaba que los NR debían ser el fermento de la masa nacional, por lo que había que organizarse en una fracción interna de los grandes partidos nacionales. Sus argumentos me llevaron, a finales de la década de 1990, a pedir a quienes me seguían que se unieran al Frente Nacional, luego al Movimiento Nacional Republicano y, a partir de 2007, de nuevo al Frente Nacional, y que actuaran dentro de ellos.
Imaginaba, ingenuamente, que seríamos capaces de constituir una fracción como la que los trotskistas habían formado en su momento en el PS. Muy pronto, tras el episodio del MNR, me di cuenta de que la nuestra base no tenía el habitus político necesario para actuar así y que, en cualquier caso, el funcionamiento de los partidos nacionales franceses no lo permitía. Sin embargo, habíamos entrado en un molde político diferente en el que a veces podíamos ejercer una influencia real. Por mi parte, escribí artículos para la prensa del FN (National hebdo y luego Nation presse magazine), desempeñé responsabilidades locales, me presenté a diversas elecciones (a la diputación contra Jean-Marc Ayrault, que entonces era primer ministro, a las municipales como cabeza de lista en Nantes, etc.). Por motivos personales y familiares, renuncié a mis responsabilidades en el FN en diciembre de 2015, sin dimitir ni entrar en conflicto con él. Como decían los maoístas, «volví a la base».
Esta nueva situación me liberó mucho tiempo y me devolvió mi libertad de expresión. Así pude escribir, publicar y dar conferencias. Esto se debe a que siempre he estado convencido, y sigo estándolo, de la veracidad de mis ideas y de su posible influencia. Por eso me identifico bastante con esta cita de Gilles Martinet, que pasó parte de su vida en grupúsculos de la extrema izquierda: «Nunca he creído en el futuro de las pequeñas organizaciones situadas al margen de las grandes formaciones históricas. Y, sin embargo, yo mismo he participado en la constitución y dirección de varias de ellas. Es que creía que su existencia y su lucha podían provocar cambios en el seno de los grandes partidos».
El papel que desempeñaron los NR franceses dentro del movimiento nacional fue el de servir de laboratorio ideológico y transmisores de ideas. Así lo vio muy bien Nicolas Lebourg, un académico hostil pero honesto, que en su tesis Les nationalistes-révolutionnaires en mouvements (1962-2002) escribe (p. 704): «Dentro del propio sistema político competitivo, los grupúsculos encuentran su importancia en su labor de “vigilantes” y proveedores de conceptos y elementos discursivos a las estructuras populistas que, por su parte, tienen acceso al espacio mediático», y explica que los nacionalistas revolucionarios han proporcionado al Frente Nacional muchas de sus ideas esenciales, entre ellas el antiamericanismo y la antiinmigración y, según sus propias palabras, «lo han armado léxico-ideológicamente». Una acción de fondo que continuó tras la defensa de la tesis de Lebourg, ya que el FN también nos debe en gran parte una Ostorientierung que, al parecer, ya no es de actualidad hoy en día.
Pero para desempeñar este papel de laboratorio ideológico y transmisor de ideas, es necesario contar con una estructura, una prensa, activistas, etc. Esto es lo que justificaba la creación de los grupúsculos en los que participé y lo que sigue justificándolos hoy en día. La multiplicación de grupos locales es, en este sentido, algo excelente, ya que cubren todo el territorio y difunden la idea entre las generaciones más jóvenes.
Los Identitarios, con sus acciones y happenings, han hecho mucho en nuestro sentido y, a su vez, han servido de laboratorio ideológico y transmisores de ideas (la remigración, por ejemplo). Con ellos, hemos llegado a una tercera etapa política que ni Venner ni Duprat habían imaginado: la del «movimiento influyente». Recientemente, Martin Sellner, en su libro Regime change from the right, a strategic sketch, ha teorizado sobre ello y ha definido de forma notable los cinco pilares del campo nacional: el partido, el movimiento (es decir, los grupos activistas), la contrainformación, la contracultura y la teoría. El partido está en deuda con los otros cuatro, que crean el «ambiente» en el que actúa. Nosotros, los radicales, podemos tener una influencia muy importante en cuatro de los pilares y, por lo tanto, en el partido, pero no somos los únicos que hacemos este análisis, lo que explica que la contrainformación y la contracultura sean actualmente campos especialmente disputados con actores relativamente recientes (Sterin, Cnews, Frontières) frente a los cuales tenemos muy poco peso.
En cuanto al partido, en este caso para nosotros el RN, me parece profundamente ridícula, incluso grotesca, la posición de los líderes de grupúsculos que nunca han tenido bajo su mando a más de 100 o 150 afiliados y que explican urbi et orbi lo que Marine Le Pen o Jordan Bardella deberían hacer para ganar y los errores que cometen.
Tengo la modestia política que ellos no tienen y sé que las decisiones políticas de los «grandes partidos», sometidas a la crítica continua de los medios de comunicación, son ejercicios difíciles y peligrosos. Y estoy convencido de que la dirección del Rassemblement National intenta actuar lo mejor posible. Dicho esto, cuando algunas posiciones me irritan —no se preocupen, las hay, sobre todo en política exterior—, me callo porque, aunque las desapruebo, al mismo tiempo y casi siempre soy consciente de su necesidad estratégica.
JN: El año 2025 estuvo marcado por el fallecimiento de varias figuras del campo nacional, como Jean-Marie Le Pen, Udo Voight, Horst Mahler, Lajos Marton o Jean-Gilles Malliakaris. ¿Cuál era su relación con estas personas y qué opina de su obra?
CB: No conocí ni a Voigh ni a Marton y no tengo opinión sobre ellos.
Hace unos treinta años conocí un poco a Mahler; su trayectoria desde el maoísmo hasta el nacionalismo me interesó en aquel momento.
A Jean-Gilles Malliarakis lo frecuenté durante bastante tiempo, pero luego me separé de él. Fue la escisión de Troisième voie lo que dio lugar a Nouvelle Résistance. Una escisión que algunos todavía me reprochan, treinta años después… Era un excelente orador, un escritor brillante y convincente, y también un hombre que no escatimaba en su bolsillo para financiar nuestra lucha. Pero, ¿era realmente un NR? No lo creo, su posicionamiento era mucho menos claro que el de Duprat y su evolución en los últimos treinta años de su vida demuestra, como mínimo, que si lo fue, no lo siguió siendo. Una cosa, por ejemplo, me llamó la atención y me hizo cuestionar su trabajo editorial: la ausencia de obras de teóricos NR en su catálogo y el escaso número de referencias a la historia o la ideología de esta corriente en su prensa.
Jean-Marie Le Pen, tuve la oportunidad de oponerme políticamente a él durante mucho tiempo y de hacerlo en términos descorteses y exagerados. Luego lo lamenté. Cuando más tarde tuve la oportunidad de conocerlo, pude admirar su capacidad para olvidar y hacer como si nada se hubiera dicho o escrito. En mi opinión, el buen Le Pen es el Le Pen tardío, el de después de 1990, el que rompe con el liberalismo económico, con el reaganismo, el sionismo y el occidentalismo. A este respecto, siempre me sorprende ver a algunos reivindicar los «fundamentos del FN». Estos fundamentos, para un nacionalista radical, no tenían nada que ofrecer y eran precisamente los que me mantenían alejado del FN.
JN: En su sitio web y en sus redes de Voxnr se mencionan artículos que pueden calificarse de atípicos, en los que se destaca a figuras como Che Guevara, Fidel Castro e incluso Mao Zedong, que parecen incompatibles con el nacionalismo. ¿Qué interés le despiertan estas personas y sus trayectorias?
CB: ¿Incompatible con el nacionalismo? Depende. Si se adopta la narrativa del sistema liberal occidentalista, sin duda es así. Si se adopta la nuestra, en absoluto.
En lo que respecta a Guevara y Castro, no está de más conocer sus vínculos con Perón y saber que el Che leyó y apreció el Manifiesto de Verona y la Carta del Trabajo de la RSI. No está de más saber que el régimen de Franco, en plena Guerra Fría, nunca apoyó el bloqueo de Cuba decretado por Estados Unidos y que, a la muerte de Franco en 1976, Cuba decretó tres días de luto nacional durante los cuales las banderas de los edificios oficiales permanecieron a media asta. Tampoco está de más saber que Cuba acogió en 1978 a una delegación de la Fejons (auténtica) que fue recibida por Castro.
Más concretamente en lo que respecta al Che, no está de más recordar que Tercera Vía y Amanecer Dorado griego le rindieron homenaje incluyéndolo en la portada de sus medios de comunicación, ni que Gabriel Adinolfi, el inspirador de Casa Pound, escribiera un homenaje titulado «Hasta siempre, comandante Che Guevara», ni que entre la juventud neofascista italiana existiera un verdadero entusiasmo por lo que él representaba.
En cuanto a Mao, no está de más tener otra lectura de él. Analizar, por ejemplo, como hace Claudio Mutti, la influencia del taoísmo en el maoísmo, o señalar en el funcionamiento interno del actual régimen chino, como hace Agnès Valloire en el libro Pourquoi la Chine? (¿Por qué China?), que yo he editado, los puntos de similitud con lo que defendían Maistre o Bonald.
Todo esto, y muchas otras cosas, lo hemos desarrollado en las columnas de VoxNR. Por supuesto, es mucho más fácil negarse a reflexionar y decir: «Ay, ay, son comunistas, asesinos, etc.», pero ese no es nuestro enfoque, porque tenemos la debilidad de pensar que ser de extrema derecha no significa necesariamente ser, al mismo tiempo, extremadamente estúpido…
JN: Además, ¿cómo analiza la trayectoria de Stalin y el movimiento nacional-bolchevique?
CB: Stalin debe ser juzgado por los rusos. Para nosotros, la barrera de la propaganda nos impide emitir un juicio que no sea sesgado.
Durante mis primeras estancias en Rusia, me sorprendió constatar que existía una nostalgia indiscutible en torno a su figura. Y esto incluso entre personas que no eran comunistas, sino que eran indiscutiblemente «de derechas» y cuyos familiares habían sufrido la represión estalinista y los campos de concentración. Sin embargo, cuando les pregunté al respecto, me explicaron que Stalin no era responsable, sino que los culpables eran elementos subordinados, a menudo judíos, que le habían aconsejado mal o engañado.
Para muchos rusos, sigue siendo la figura de un líder, un hombre excepcional que dirigió la URSS en momentos excepcionales y le dio el máximo de su grandeza. Por otra parte, es significativo que el antiestalinismo no sea defendido en Rusia por los partidos de derecha, sino por la asociación Memorial, una ONG liberal occidentalista con fuertes connotaciones sionistas.
En cuanto al nacional-bolchevismo, ha habido varios. En Rusia, en Alemania, en Italia después de la RSI. En todos los casos, se trata de una posición geopolítica. Oustrialov y los NB rusos piensan que la Rusia bolchevique continúa la política imperial de los zares; Niekisch y los NB alemanes abogan por una alianza entre Berlín y Moscú contra el Tratado de Versalles; Stanis Ruinas y los NB italianos consideran que los principales enemigos de Italia son los Aliados y que siguen siéndolo después de 1945. En Francia no se conoce ningún ejemplo de nacional-bolchevismo. Lo que más se le ha acercado, pero muy de lejos, fue el episodio «rojo-marrón» o «gaucho lepenista», que causó mucho revuelo, pero duró poco: en mayo de 1993, Jean-Paul Cruse, antiguo dirigente de la Gauche prolétarienne, se atrevió a publicar en L'Idiot international un artículo titulado «Hacia un frente nacional» en el que abogaba por «la alianza de los comunistas y la derecha católica, nacional, militar y maurrasiana del general De Gaulle». Alain Soral, en sus inicios en el FN, también siguió en cierta medida esta línea.
JN: Hay un nombre que aparece a menudo en sus escritos, el del ideólogo ruso Alexander Guélievich Dugin. ¿Quién es, cuál es su pensamiento político y en qué nos concierne?
CB: Puedo resumir la situación diciéndole que es un Alain de Benoist o un Julius Evola ruso, es decir, un erudito cuyos campos de expresión son variados. No todos son políticos y algunos son estrictamente rusos, por lo que están muy lejos de nuestras preocupaciones.
Para un europeo occidental, su pensamiento puede interesarnos principalmente en dos aspectos: su forma de convertir el tradicionalismo gueno-evoliano en una forma de vivir y actuar en la política y su visión geopolítica euroasiática.
Se han formulado varias críticas, en particular contra una idea central que es el eurasianismo. Comencemos por las definiciones. ¿Qué es el eurasianissmo?
El eurasianismo puede entenderse de dos maneras.
En primer lugar, como una visión del mundo. Así lo explica Alexandre Douguine: «El pensamiento eurasianista siempre ha tenido una dimensión internacional. Para los primeros eurasianistas, como el príncipe Troubetskoy, la guerra librada por Rusia contra la occidentalización no era solo una guerra local, sino la vanguardia de una guerra universal de todos los pueblos contra la amenaza que representa la occidentalización. (…) El eurasianismo, como doctrina, es un antioccidentalismo activo, que conoce la modernidad desde dentro, pero la rechaza en nombre de la Tradición. Por lo tanto, un eurasianista no es en absoluto un “habitante del continente euroasiático”. Es más bien el hombre que asume voluntariamente la posición de una lucha existencial, ideológica y metafísica contra el americanismo, la globalización y el imperialismo de los valores occidentales (la sociedad abierta, los derechos humanos, la sociedad de mercado, etc.). Por lo tanto, se puede ser eurasiático viviendo en América Latina, Canadá, Australia o África». Y así: «Se trata de un vasto programa de importancia planetaria, que trasciende con creces las fronteras de Rusia e incluso las del continente euroasiático. Al igual que el concepto de americanismo puede aplicarse hoy en día a regiones geográficas que se encuentran más allá de los límites del continente americano, el eurasianismo significa una elección civilizatoria, cultural, filosófica y estratégica particular, que puede hacer cualquier representante de la especie humana, independientemente del lugar del planeta en el que viva o de la cultura nacional y espiritual a la que pertenezca».
Por otra parte, el eurasianismo también puede ser un concepto geopolítico, y aquí encontramos las posiciones de Niekisch, Yockey, Thiriart o Faye sobre la gran Europa que se extiende desde Galway hasta Vladivostok.
Mi posición personal combina las dos concepciones del término, mientras que Dugin es más restrictivo en su definición del alcance de Eurasia en términos puramente geopolíticos.
JN: ¿Qué responde a quienes se preguntan por las importantes diferencias entre Europa y Asia que obstaculizan un acercamiento tan importante?
CB: Que no entienden nada…
El eurasianismo, como acabo de decir, no es Europa + Asia, sino una concepción geopolítica, un nacionalismo gran-europeo, el sueño de un Imperio europeo desde Galway hasta Vladivostok, del que Moscú sería la Tercera Roma. Una idea que vuelve a surgir en nuestros círculos, con diversos nombres y formas, desde al menos la década de 1920 con Ernst Niekisch, Francis Parker Yockey, Jean Thiriart, Guillaume Faye, etc. Incluso Jean Marie Le Pen ha evocado esta idea dándole el romántico nombre de «Boreas».
JN: Usted ha manifestado su negativa a responder a ciertas acusaciones contra Alexandre Guelievitch Duguin. ¿De dónde provienen estas críticas, cuáles son y por qué no quiere responder a estos ataques contra el pensamiento duguiniano?
CB: Desde hace tres o cuatro años, algunos conspiradores siniestros, con orígenes políticos y étnicos tan inciertos como sus costumbres, se han especializado en Francia en el antidouguinismo, cubriéndolo de insultos y difamaciones en la red.
Esos mismos individuos le explican con toda naturalidad que Alexander Solzhenitsyn y Donald Trump son judíos, que Marine Le Pen es una marrana, que monseñor Lefevre estaba vinculado a una sociedad secreta llamada Priorato de Sion, que Putin es una marioneta de los sionistas, etc.
Son unos locos totalmente desocializados. ¿Qué respuesta racional se puede dar a los delirios de unos alienados? No hay nada que responderles. En su caso, se les puede aconsejar que consulten a un psiquiatra, creo que eso es más o menos todo lo que se puede hacer. Incluso darles un puñetazo en la cara cuando nos los encontramos me parece inoportuno, no se golpea a un enfermo, se le compadece sinceramente y se reza por su hipotética curación.
JN: Volviendo a Gabriele Adinolfi, varios comentarios suyos sobre el tema ucraniano le han hecho reaccionar, en particular el proyecto «Nation Europa», que dice querer formar una «tercera vía» entre Occidente y Rusia. ¿Cuál es su análisis de estas declaraciones y de esta simpatía por Ucrania por una parte de los nacionalistas europeos?
CB: Todo depende de lo que se considere Europa. Gabriele Adinolfi tiene una visión casi gaullista. A diferencia de mí, no incluye a Rusia.
Si lo entiendo bien, es partidario de un Intermarium, es decir, de una estructura geopolítica que vaya desde el mar Báltico hasta el mar Negro.
Lo que me molesta de este proyecto es que coincide con intereses que no son europeos. George Friedman, fundador y director del importante think tank privado estadounidense Stratfor, confesó sin tapujos, en intervenciones y artículos publicados entre 2015 y 2017, la idea que tenía de este Intermarium: «Lo principal en todo este asunto es que Estados Unidos establezca un cordón sanitario alrededor de Rusia (…) Para Estados Unidos, el objetivo principal es impedir que las tecnologías y los capitales alemanes se unan a los recursos de materias primas y la fuerza de los trabajadores rusos en una combinación única. Estados Unidos está dispuesto a impedir esta combinación con su baza: la línea que une el mar Báltico con el mar Negro. (…) El objetivo del Intermarium es contener cualquier avance de Rusia hacia Occidente».
El mismo George Friedman ve también en el Intermarium otro interés: el de flanquear a la Unión Europea y debilitar a Alemania.
Para resumir todo esto en términos geopolíticos, se puede decir que el Intermarium es un proyecto no solo antirruso, sino, lo que es peor, un proyecto anticontinental, antitelurócratico y, por lo tanto, un proyecto atlantista y talasocrático.
Tal es, por otra parte, el análisis del geopolítico yanqui contemporáneo Alexandros Petersen, para quien el Intermarium es una doctrina «típicamente atlantista que funciona como alternativa a la política de contención de George Kennan». Petersen lo define como «el compromiso estratégico» de «los numerosos pueblos euroasiáticos cautivos en la órbita rusa». Para él, el concepto del Intermarium es compatible con las ideas de Halford Mackinder sobre la creación de numerosos Estados títeres en el territorio de Rusia y alrededor de él, y con las de Zbigniew Brzezinski sobre la deseable división de Rusia.
La idea que me parece un poco descabellada de Adinolfi y los suyos, basada en la existencia de grupos nacionalistas bastante importantes en algunos de los países de este Internarium (entre ellos Azov), es que esta zona geográfica podría pasar, en su totalidad o en parte, al «lado bueno de la fuerza» y convertirse en el Piamonte de una nueva Europa. Reconozco que este sueño me parece totalmente utópico. Pero, para ser sincero, lo es al menos tanto como mi sueño de un Imperio euroasiático…
No obstante, es interesante observarlo porque muestra cómo dos visiones geopolíticas diferentes de dos hombres con ideas bastante similares en el resto de sus pensamientos conducen a elecciones totalmente diferentes a la hora de definir al enemigo y la posición que se debe adoptar con respecto a Ucrania. Él apoya a los ucranianos, yo a los rusos.
En lo que respecta a la acción de «los nuestros» en Ucrania, hay algo que me llama especialmente la atención: el error fundamental cometido por los distintos grupos nacionalistas ucranianos, que han dedicado todas sus fuerzas a esta guerra, han perdido a sus mejores elementos y no han obtenido absolutamente nada a cambio, salvo una práctica desaparición política. Es desconcertante que Svoboda solo haya obtenido un 3 % y un escaño en las últimas elecciones legislativas, cuando en las elecciones legislativas de 2012 este partido obtuvo el 10,5 % de los votos y 37 escaños. Cometieron más o menos el mismo error que Maurras con el compromiso nacionalista de 1914. En este caso, agravado por el hecho de que la guerra era, desde el principio, imposible de ganar. Como discípulo de Vacher de Lapouge, creo que hay momentos en los que es preferible preservar la raza y sus reproductores eligiendo la paz, por muy desagradables que puedan ser sus consecuencias en términos de fronteras.
Dado que algunos de los líderes nacionalistas ucranianos se reivindican de Evola, creo que, antes de embarcarse en esta guerra, deberían haber releído Orientaciones, que les habría enseñado que «es en la Idea donde debemos reconocer nuestra verdadera patria. No el hecho de ser de la misma tierra o de la misma lengua, sino el hecho de ser de la misma idea: eso es lo que cuenta hoy en día. Ahí está la base, ahí está el punto de partida. A la unidad colectivista de la nación —la de los “hijos de la patria”— tal y como ha predominado desde la revolución jacobina hasta nuestros días, nosotros, en cualquier caso, oponemos algo que se asemeja a un Orden, como hombres fieles a unos principios, como testigos de una autoridad y una legitimidad superiores que proceden precisamente de la Idea». Ahora bien, es difícil pensar que la Ucrania de Zelenski y los gay prides tenga la menor relación con «la idea».
JN: Un acontecimiento reciente en San Petersburgo ha visto el nacimiento de la organización «Paladines», que agrupa a varias estructuras nacionalistas de todo el mundo. ¿Cree que este acontecimiento marca un punto de inflexión en la historia política rusa que rompe con una especie de neobolchevismo de cierta generación que conoció la URSS y se acerca al nacionalismo, en particular entre la juventud rusa?
CB: No veo en absoluto un punto de inflexión en la historia política rusa. Las organizaciones que podrían calificarse de «derecha radical» existen al menos desde la Glasnost y, hasta la fecha, Rusia no ha carecido de grupúsculos nacionalistas o estructuras más importantes como los Nashi (la juventud pro-Putin).
Lo que resulta difícil de entender para un europeo occidental es que el nacionalismo ruso es un nacionalismo de tipo imperial, por lo que no es étnico ni nacional. Los grupos nacionalistas que no siguen esta línea y adoptan una definición étnica o nacional de los rusos suelen ser reprimidos, a veces con mucha dureza. Esto explica que haya un cierto número de líderes de la extrema derecha étnica rusa en el exilio que se han puesto del lado de Ucrania.
En cuanto a Paladines, se trata de una iniciativa muy simpática, pero no hay que hacerse ilusiones y hay que ser consciente de que forma parte del soft power de Rusia dirigido a las corrientes radicales de derecha, exactamente de la misma manera que cuando me invitan al Donbás o cuando invitan a Soral a Moscú. Hay un trabajo idéntico realizado por otros actores, dirigido a las corrientes más moderadas y también a los radicales de izquierda. A veces las cosas se entremezclan de forma un poco cómica: así, tuve la oportunidad de conocer en Moscú al secretario general del Partido Comunista Americano, invitado a Rusia como yo y alojado en el mismo hotel. Esto nos dio la oportunidad de intercambiar opiniones sobre… ¡Marine Le Pen durante el desayuno!
JN: Antes de terminar, ¿podría hablarnos un momento de su trabajo como editor en Ars magna?
CB: Lo puedo resumir en dos palabras: ideología, historia, rareza, calidad.
Publico una veintena de libros al año con dos objetivos: proporcionar bases ideológicas a quienes me siguen y ofrecerles ejemplos históricos inspiradores.
El aspecto ideológico lo asumo reeditando obras que ya no están disponibles, como las obras políticas de Drieu o los escritos de Georges Valois, Guillaume Faye, Pierre Clémenti, Dominique Venner, etc., o traduciendo a autores extranjeros como Francis Parker Yockey, Oswald Mosley, Alexandre Douguine, Julius Evola, etc.
El aspecto histórico lo asumo editando trabajos de investigación inéditos o traduciendo obras publicadas en el extranjero. Mi idea es que la lectura de un libro sobre la historia del pasado debería inspirar nuestra lucha del futuro, pero confieso que a veces me permito lecturas «más ligeras», como las recientes biografías de Françoise Dior o Savitri Devi Mukherji.




























