No podemos hablar, pero quería dedicarte unas palabras desde la distancia. Hace dos años pasamos nuestro fin de semana más significativo juntos, nuestra noche a solas llena de deseo y pasión, y no puedo evitar extrañarte mucho en estos días. Es difícil admitir y explicar lo especial que eras y todavía sigues siendo en mi corazón. Especialmente ahora, estando tan vulnerable después de haber salido de un vínculo traumático, me encuentro pensando tanto en ti, el último hombre bueno que llegó a significar muchísimo para mí.
Se suponía que lo nuestro iba a ser algo casual y consensual, pero me enganché demasiado. Siempre quisiste creer que podemos volver a pasarlo bien como antes, cuando todo esta calmado, pero las heridas y los sentimientos no lo permitieron. Por eso sé que al final hiciste lo que tenías que hacer. Tal vez no querías dejarme ir tampoco, pero alejarte fue la única manera de proteger la vida que ya habías elegido y no hacerme más daño dentro de toda esta ambigüedad. Y aunque me lastimó perderte, te respeto más de lo que crees por tu decisión de priorizar tu matrimonio y dejar de entretener mi esperanza de algo que no pudo existir.
Nunca te pensé desde la traición, sino desde un límite sano y necesario. Eso no quita el dolor, pero le da sentido. No te escribo para volver ni para reclamar un lugar que nunca fue mío. Te escribo porque lo que vivimos fue real para mí, y porque algunas verdades merecen ser reconocidas aunque no tengan continuidad.
Te echo de menos, no como una fantasía a la que aún me aferro, sino como el recuerdo de un lugar donde una vez me sentí querida y protegida. En los momentos permitidos, tu cariño y ternura me enseñaron lo que significa sentirse segura con un hombre. Aunque también entiendo que lo limitado y lo prohibido potenciaron la intensidad y redujeron mi miedo al compromiso, pero aun así, me mostraste quién podía ser al lado de alguien que me acepta y aprecia tal como soy. Y con eso me quedaré para siempre.