Manifiesto de una persona apocalíptica
Yo me considero una persona apocalíptica.
A veces pienso que la gente se autoengaña creyendo que el apocalipsis es algo lejano, un buitre en el horizonte, allá en lo lejos. No lo ven aquí, a nuestro alrededor, respirando con nosotros. Si no estamos ya dentro de él, entonces pronto lo estaremos. Sea como sea, no me asusta. El fin, en cualquiera de sus formas, es inevitable. Pero he aprendido a recibirlo de pie y mirarlo a los ojos.
No siempre fui así. Antes también me aferraba a ciertas seguridades tontas, a esas pequeñas cosas que el mundo moderno te pone en las manos para que no mires hacia afuera. Desde una cama cálida, agua corriendo, un supermercado lleno, a la sensación de que el dolor, la muerte y la pérdida le ocurren a otros. Pero eso se quiebra, y cuando se quiebra, la mayoría no sabe qué hacer con los pedazos. Se sientan, lloran y esperan a que alguien venga a pegarlos de nuevo.
Yo aprendí a vivir entre los pedazos, por eso las personas dicen que estoy loca. Pero en un mundo roto, la locura es la única forma de seguir andando. Es cierto que quien haya vivido el infierno no puede seguir adelante sin el delirio que en él desarrolló. Lo que ellos no entienden es que simplemente me adapté.
La gente, incluso ahora, teme al caos. Yo lo acepté. Lo comprendo como parte natural del ciclo de la vida. La destrucción no es un accidente: es una fuerza necesaria. Lo que muere deja espacio para lo que nace. Lo que se pudre nutre lo que crece. Lo que arde da luz en la noche, aunque sea por un instante.
Me causa gracia cómo funcionan las ideas morales cuando el mundo todavía tiene paredes. Muchos dicen que las armas son “malas” por naturaleza, como si el hierro o la pólvora pudieran tener ética propia, pero no es así: lo malo o lo bueno está en quién las usa. Otros ven la miseria y la pobreza como algo vulgar, siendo estas condiciones que existen sin ser sinónimo de maldad. Y siempre está esa contradicción absurda: quienes consumen productos nuevos a diario, que visten cuero curtido y comen carne empaquetada y se horrorizan ante la idea de que alguien cace para vivir. Para ellos, matar un animal por hambre es monstruoso, pero matarlo por lujo es considerado acto “civilizado”.
Yo no soy hipócrita. Prefiero lo nuevo cuando puedo, pero si mi vida dependiera de un disparo o un cuchillo, no dudaría. No porque me guste, sino porque entiendo que la supervivencia no es un capricho —a diferencia de las pieles en las ropas de los necios—, sino un instinto.
Amo a los animales vivos, y también lo que queda de ellos después de la muerte. Huesos, pieles, dientes, plumas… No como trofeos, sino como pruebas de que la vida estuvo ahí, de que dejaron una huella… y que yo la encontré. Me gusta preservarlos, cuidarlos, darles un lugar en mi pequeño santuario de cosas olvidadas. No los mataría para tender una bonita alfombra, pero sí tomaría lo que el mundo ya dejó atrás.
Lo mismo me pasa con los objetos, aquellos que ya han quedado en el olvido. Me atrae lo usado, lo gastado, lo oxidado. Hacer lo que hoy llamamos “thrifting” no es una moda para mí: es una forma de rescate. Recolectar restos es como leer capítulos perdidos de una historia que nadie quiso terminar. Un cinturón desgastado, una hoja de navaja mellada, un frasco farmacéutico con el borde astillado y polvoriento: todo tiene una vida anterior que merece ser apreciada.
La gente se derrumba cuando su mundo tambalea. Sé que el derrumbe no es el final, sino una transición hacia lo que sigue. Las ruinas no son basura, son cimientos nuevos en un mundo en el cual hay que adaptarse. Quien no lo entienda, morirá arraigado a lo que ya no existe.
Ser alguien apocalíptico no es vivir esperando el fin. Es vivir como si ya estuvieras en él y, aun así, encontrar belleza. Es aprender a caminar sobre huesos y polvo sin olvidar que alguna vez fueron carne y piedra. Es aceptar que el agua no siempre será limpia, que la comida no siempre estará a mano, que la seguridad y conformidad no es una deuda que el mundo tenga contigo.
Hoy sé que nací para el fin del mundo. Y cuando llegue, dejaré que me abrace, aunque consigo me envenene, porque soy parte del apocalipsis. O, quizá, yo soy el apocalipsis.